El hijo pródigo: una historia basada en hechos reales

(...) y acabó contando la parábola del hijo pródigo o también conocida como la parábola del padre bueno, y ya menos pero también llamada la parábola del hijo perfecto; todo según en cuál de los tres protagonistas queramos poner el acento y en quién de ellos centrar nuestra reflexión y la consecuente moraleja. Esta parábola recoge todos los elementos esenciales de las enseñanzas de Jesús: padres, hijos, hermanos, amor, perdón, paciencia, buenos, malos, libertad, respeto, amistad, alegría, tristeza, extravío, miseria, abuso, bondad, indiferencia, encuentro, envidia, rechazo, aceptación, desdicha, felicidad… ¡Cuántos conceptos distintos!

Tal como la contó, no se trataba de una historia más, una historia inventada con personajes ficticios. Esta parábola era mucho más que un cuento, contenía mucho de experiencia. Sólo desde la experiencia se puede hablar de esta manera de la figura de un padre bueno, del amor verdadero y de un hijo que experimenta el perdón. Nadie puede hablar así si no lo ha sentido así antes. Nadie sabrá nunca dónde acaba lo novelado y dónde empieza la experiencia personal de salvación de Jesús. Nadie conoce realmente las cosas hasta que las experimenta y Jesús siempre hablaba desde lo vivido. Jesús nunca expuso ninguna teoría porque las palabras que conforman las teorías siempre tienen huecos vacíos de realidad. Se decía de Jesús que hablaba con autoridad porque sus palabras no eran vacías porque estaban llenas, llenas de vida y experiencias, repletas de su propia vida.

—En un lejano país, vivía una familia de bien: el padre era muy trabajador y había conseguido reunir con su esfuerzo una pequeña fortuna que le permitió adquirir una buena casa solariega, contando incluso con criados internos. Mientras la madre cuidaba de que todo en la casa funcionase y cuidaba de sus dos hijos, la vida transcurría por los cauces de la normalidad, que es donde se halla la felicidad cuando se tiene ojos para reconocerla. Todos vivían felices y en armonía hasta que la sombra de la desgracia se cernió sobre aquella familia cuando un catarro mal curado, que derivó en pulmonía, se llevó a la madre siendo ella aún joven. Cuando una madre muere, la casa se queda sin alma y por eso allí la vida nunca volvió a ser igual. El padre envejecía por meses por el dolor de la pérdida, el hijo mayor se encerró en sí mismo y no hablaba con nadie; pero fue el hijo menor el que reaccionó ante la desdicha de una forma inesperada que descolocó a todos. Un día le dijo a su padre:

—Padre, después de lo de madre, me he dado cuenta que la vida es breve y hay que vivirla. Te pido que me des ahora la parte de la herencia que me corresponde, porque cuando tú te mueras ya no seré joven y no podré disfrutar de ella. Además, me vendrá bien un cambio de aires, que las paredes de esta casa me ahogan y se me caen encima.

El padre, derrotado por la tragedia de la pérdida de su mujer y sin fuerzas ni argumentos para retenerle, no puso ningún reparo, pero antes le advirtió:

—Hijo, eres dueño de tu vida, haz lo que creas oportuno con ella, pero recuerda: aunque te creas rico, la vida es lo único que realmente posees.

A la mañana siguiente fueron al notario para adjudicarle su parte de la herencia. Como tenía prisa y sólo quería dinero para poderlo gastar, en cuanto vendió y a veces malvendió ciertas propiedades, el hijo pequeño emprendió su marcha. Desde una de las ventanas del segundo piso de aquella casa que aún quedaba más vacía y triste, el padre contemplaba con dolor cómo su hijo desaparecía en la distancia del camino que se pierde en un pliegue del valle.

Se marchó a un país vecino donde alquiló una lujosa mansión para organizar grandes fiestas a las que acudían sus muchos nuevos amigos a quienes agasajaba con copiosos banquetes para degustar los más exquisitos manjares y los mejores vinos y licores y en los que no podían faltar las prostitutas más selectas del lugar. No tardó en hacerse famoso y todo el mundo le admiraba por sus lujos y su forma de vida; hasta que llegó la gran recesión y los bancos, donde tenía el dinero que menguaba paulatinamente por sus excesos, quebraron y le arrastraron a la ruina. Llamó a las puertas de aquellos que creía amigos y con los que tan buenos y animados momentos había vivido, pero ninguno quiso saber nada de él porque sin festejos ya no resultaba ser aquel tipo carismático y divertido. Como nadie le respondía, hasta llamó a la puerta de las prostitutas, pero hicieron como que no le conocían, porque sin dinero ya no era ese joven atractivo e irresistible que todas ellas se disputaban. En muy pocos días su ruina se transformó en miseria: perdió la casa, se vio obligado a dormir en la calle, los vestidos que llevaba puestos pronto se convirtieron en harapos, y cuando se le agotó la calderilla que llevaba en los bolsillos llegó el hambre. Pero lo más duro resultó ser la soledad: no tenía amigos y la gente que encontraba en su camino y a la que ajustaba el paso para pedirles ayuda, le ignoraban. “¡Por favor, una ayuda, lo que sea: una moneda, un poco de pan… un trabajo! ¡Yo lo que quiero es ganarme la vida, por piedad!”, era su cantinela a la que muy pocos respondían con alguna migaja. Hasta que un día, le dio un vuelco el corazón cuando un hombre bien vestido respondió a su letanía mirándole a los ojos. Se le había olvidado lo que era una mirada de alguien, y ese alguien le preguntó:

—¿De verdad que quieres trabajar?

—¡Sí, sí, en lo que sea! —respondió sin dudar.

—Pues ven detrás de mí.

No tuvo que recoger nada porque nadie le había dado nada durante toda la mañana. Anduvieron un buen trecho hasta salir de la ciudad. No hubo ninguna palabra entre los dos. A poco menos de medio kilómetro se adivinaba una granja, una buena granja a juzgar por las dimensiones de los edificios y de los cercados de piedra que la delimitaban. Resultó ser su destino, por lo que dedujo que aquel hombre era granjero. El granjero, sin abrir la boca, siempre delante; y aunque entre uno y otro no había más de dos metros, la distancia entre ambos era enorme. Atravesaron la entrada principal de la finca y llegaron a una cerca de madera que recogía a un buen número de cerdos que chapoteaban con sus pezuñas en el barro mezclado con sus propios excrementos, y al abrir la puerta de la valla e indicándole con la cabeza que entrase, rompió su silencio y dijo a nuestro protagonista:

—Tu trabajo será éste: cuidar de estos puercos.

Y cerró la puerta, quedando él fuera de la valla y el nuevo porquero en su interior con los cerdos. Se dio media vuelta para marchar, cuando nuestro protagonista le interpeló:

—Pero, todavía no hemos hablado de condiciones: del sueldo, del alojamiento…

—¿Sueldo y alojamiento? —Le interrumpió bruscamente; y girando sólo la cabeza y sin ni siquiera mirarle a los ojos, prosiguió—: Yo no te puedo pagar un sueldo, esto es lo que hay. Puedes comer la comida que les sobre a los cerdos; y para dormir, el techo que te ofrezco es el de las cochiqueras, donde te podrás proteger de las inclemencias del tiempo; y frío no pasarás porque tendrás calor animal. Así podrás vivir. Si no te parece bien esto, me lo dices, que tal y como están las cosas hay muchos como tú dispuestos a trabajar aquí y en estas condiciones.

El granjero continuó su marcha sin volver la mirada, pues sabía a ciencia cierta que su necesidad le obligaría a aceptar el trabajo. Y allí se quedó nuestro amigo, desolado, pues durante el camino se había hecho ilusiones de algo distinto, más digno. Miró con resignación aquél maloliente panorama y cogiendo una horquilla empezó a echar paja en un rincón de una cochiquera para preparar lo que sería su cama, pues las sombras alargadas de los árboles ya anunciaban la llegada de la noche. Por lo menos ya no dormiría al raso. Su instinto de supervivencia le obligaba a aceptar aquella nueva situación. Ese olor nauseabundo que lo impregnaba todo se hacía insoportable; pero, como había aprendido durante estos últimos meses, lo insoportable se acaba convirtiendo en tolerable cuando no se atisba ninguna esperanza.

Era tal la cantidad de excrementos que se acumulaba a diario y que se mezclaba con el barro por las incesantes pisadas de los animales, que por mucho que se afanase no conseguía que aquello estuviera mínimamente decente, tenía la sensación de estar simplemente cambiando la porquería de un sitio a otro. Su único nexo con la humanidad era la visita que, con irregular periodicidad, le hacía el capataz. Venía montado en un carro tirado por un burro cargado de algarrobas y bellotas. Alguna vez la carga era de paja para renovar las camas de los animales y para la suya. El capataz descargaba siempre el carro volcándolo en la puerta del cercado pero nunca entraba dentro: sin duda sentía asco. Alguna vez, volcaba un cubo con restos de alimentos de la casa de los dueños. Esos días nuestro amigo se sentía afortunado porque podía variar su dieta. En otras ocasiones, la visita del capataz era para seleccionar los dos o tres cerdos más gordos y se los llevaba para venderlos o para la matanza; pero siempre daba sus órdenes desde fuera de la valla. Y su despedida era todas las veces, la misma frase:

—¡A ver si te esmeras, que esto está hecho una asquerosidad!

Él nunca replicaba: simplemente bajaba la mirada y continuaba achicando porquería.

Pasaban los días y meses y de pronto fue un año. Luego fueron hasta dos. Le habían contratado para cuidar de los cerdos; pero más tarde se daría cuenta que en realidad vivía con los cerdos, y siendo más precisos habría que decir que convivía con los ellos: comía su propia comida y dormía en el mismo lugar que ellos y ellos eran su única compañía. Si convivía con los cerdos y vivía como un cerdo, ¿no se habría convertido en un cerdo? Se miró en el reflejo de un charco que había entre los excrementos y el agua enfangada le devolvió su rostro sucio y demacrado que tardó en reconocer como suyo: sólo aquellos ojos tristes conservaban un tenue brillo que le recordó lo que hace tiempo le devolvía el espejo en casa de su padre. Tal era su degradación que aquel reflejo no era humano; y un sentimiento de tristeza lo aplastó y cayó de rodillas sobre el charco acabando con aquella imagen que le había revelado su realidad con la crueldad que suele reverse la verdad: ya no era un hombre. Viviendo de aquella manera había perdido toda su dignidad humana, ya no se sentía humano.

Desde ese día, los mismos pensamientos repetitivos invadían su mente y se decía:

—¡Cómo has podido ser tan tonto! ¡Cómo has podido dilapidar toda la herencia en tan poco tiempo y con tan malas compañías! ¡Cómo te has podido creer que todos aquellos aprovechados eran amigos tuyos! Siempre pensaste que esa clase de errores los cometían los demás, que a ti no te pasaría nunca. ¡Qué equivocación tan imperdonable, qué necio has sido! Cambiaste el amor verdadero de la familia por esa aventura que te ha llevado a caer a lo más bajo, a la misma mierda. ¡Mírate cómo estás: rodeado de cerdos y viviendo entre porquería! ¡Cualquiera de los criados de tu padre vive mil veces mejor que tú, desgraciado!

Todos esos pensamientos le conducían una y otra vez a compararse con los criados de su padre. Ellos vivían en mejores condiciones: tenían habitación propia, tenían tres comidas calientes al día, comían en la mesa de la cocina, y la carga de trabajo era razonable y llevadera. Además, su padre era un buen patrón y les trataba con respeto. Así, un día tomó una determinación y se dijo:

—Ya sé lo que voy a hacer. Volveré a la casa de mi padre, y como ya no me queda nada de orgullo que tragarme, le diré: “Padre, además de haber perdido todo lo que me diste, sé que también he perdido el derecho a ser hijo tuyo con mi comportamiento, porque me he portado de una manera imperdonable y no he hecho nada de lo que tú me enseñaste desde niño. Me he comportado como el cerdo que he descubierto que soy. Soy un miserable y sé que ya no merezco ser hijo tuyo ni vivir contigo; pero por lo que una vez nos unió, ten compasión de mí y por lo menos permíteme vivir bajo tu techo como criado y te prometo que haré bien mi trabajo.

Y al día siguiente, cuando el capataz apareció con su carro y volcó como de costumbre su carga de algarrobas en la entrada, nuestro hijo descarriado salió por la puerta abierta sin mediar palabra y se fue de allí caminando lentamente con la mirada puesta en el suelo. El capataz, sorprendido le gritó:

—¿A dónde vas?

No respondió, pero el capataz tampoco insistió: probablemente porque se diera cuenta de que su pregunta no tenía sentido, pues pensaría que aquél desgraciado no tendría ningún lugar a donde ir. Tampoco le preguntó: “¿por qué te vas?” porque sabía perfectamente el motivo: nadie soporta eternamente aquella vida entre basura. Pero probablemente ni insistió en su pregunta ni le hizo otras porque en realidad ese chico nunca le había importado nada.

Nuestro protagonista siguió el camino inverso al que dos años atrás había recorrido con el granjero al que, por cierto, nunca volvió a ver en todo el tiempo en el que estuvo trabajando para él. Levantó los ojos del suelo y comenzó a mirar a su alrededor. No se había dado cuenta, pero despertaba la primavera. Los chopos y acacias aún no tenían brotes, pero los frutales ya estaban en flor, sobre todo los almendros y los ciruelos. El cielo no tenía una nube y el sol, ya bien alto, tenía fuerza para calentar con su luz que, aquel día, parecía renovada. Respiró profundamente el aire que ya era limpio y puro y le pareció por un momento que todo aquello le ofrecía una nueva oportunidad; pero inmediatamente su pensamiento le devolvió a la realidad de su situación que al instante apagó aquel conato de optimismo y se dijo:

—Soy un cerdo que aspira a ser un criado, pero por no tener, no tengo ni la seguridad de conseguir ese propósito. (...)

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Comentarios

J.Sanchez
hace un mes

Hay un valor escondido en la capacidad de reconciliación. En ese intento del padre de recuperar la unión fraternal de una familia rota. Supongo que Malefox, que escuchara de viva voz esta historia, no sería ajeno a la división del pueblo frente a la ocupación del Reino y la derrota militar. Una reconciliación siempre posible desde el amor que, por desgracia, es imposible de imponer.

Isidro
hace un mes

Este es, en mi opinión la parábola que mejor ha envejecido y explica quien es el Dios de los cristianos. No hay apenas películas sobre el tema, aunque el libro "El regreso del hijo pródigo : meditaciones ante un cuadro de Rembrandt"
de Nouwen, explica bastante bien el que nosotros empezamos siendo el hijo pródigo, terminamos quejándonos como el hijo mayor, que por cierto, recibió la otra parte de la herencia, igual que el hijo pródigo. Finalmente hemos de crecer para ser el padre. Dios es misericordia, y el hombre, como bien relata Jesús García, es esclavo de sus ambiciones y deseos absurdos. Estos te llevan a terminar trabajando "como un cerdo". Según Nietzsche, "el que lucha con monstruos debe tener cuidado para no resultar él un monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti". Por eso Dios/Padre/madre sana mirando al hijo y amándole más si cabe, como nosotros fuimos amados por él incluso en nuestras épocas más desastrosas.

José
hace 2 meses

Siempre han presentado al padre de la familia como representando a Dios Padre, al que todos podemos volver porque nos va a perdonar hagamos lo que hagamos.
Me gusta que aquí se presente a una madre, que ¿a quién representa?
Además al morir deja al padre realmente mal, “con dolor” y “derrotado”; es vulnerable a lo que acontece. No sé si querrá el autor dar la idea de la vulnerabilidad De Dios.

José
hace 2 meses

El mundo es implacable, la selva. Si salimos a él sin preparar, sin precaución y sin alguien que te guíe como tu Padre, Madre, Familia, y encima creyéndonoslos que podemos “vencerlo”, nos pasará como a este hijo pródigo.
Que lo mejor que hizo (para mí) fue recapacitar, rectificar y ser humilde para volver.

Ser como los niños para entender la vida

Un día que íbamos caminando por las calles de un pueblo cualquiera, por primera vez, surgió entre unos cuantos el tema del reparto de poder en el grupo de los apóstoles, de los elegidos. En concreto en esta ocasión los más impetuosos discutían sobre quiénes de nosotros deberían ocupar los cargos de mayor rango en el Reino y cómo debería quedar el organigrama. El resto escuchábamos el debate. Por supuesto, en esa discusión no podían faltar Santiago, Juan y Pedro. Dado que Pedro, además de ser un bocazas era un voceras, consiguió que Jesús, que caminaba unos pasos por delante hablando con Esteban, se percatase de la discusión. Por eso, cuando llegamos a la plaza del pueblo, les preguntó haciéndose el despistado:

—¿De qué discutías por el camino con tanta pasión?

Todos se callaron avergonzados, pero Él lo sabía de sobra. Por eso dijo:

—Si alguno de vosotros pretende ser el primero, que se coloque a la cola y sea el último y después, que se ponga a servir a todos los de la fila con humildad. Todo lo importante se aprende en la escuela del servicio, no hay atajos ni otra forma de conseguirlo.

Acto seguido, llamó a un niño que correteaba jugando entre los puestos del mercadillo semanal que estaba instalado en la plaza del pueblo. Acudió sin dudarlo y sonriendo. Jesús siempre mostró predilección por los niños y se puede decir que hasta los admiraba. Los ponía con frecuencia como ejemplo en sus charlas porque veía en ellos ciertos valores fundamentales para comprender su mensaje de sabiduría sobre las cosas de la vida, valores que se perdían conforme iban creciendo. Es cierto que los niños a veces son unos cabritos e incluso pueden a llegar a ser crueles, pero no es menos cierto que en ellos está la esencia de todo lo bueno que puede tener un ser humano. Lo niños ven el mundo desde la ingenuidad y la inocencia, y esa visión les permite acercarse a la realidad libres de prejuicios y sorprenderse con ella, incluso varias veces con lo mismo. No se preocupan por comprender y entender, saben disfrutar incluso con las cosas que no entienden porque saben reconocer en ellas algo que les llama la atención y que les gusta aunque no sepan identificarlo. El adulto necio, como mecanismo de autodefensa, rechaza y hasta se burla de lo que no comprende; mientras la sabiduría natural del niño le permite acercarse a lo desconocido con asombro y disfrutar con la mera observación[1]; y lo que no se logre entender, al menos se podrá intuir. Claro que, con esta forma de ver el mundo no puede uno triunfar en la vida. Por eso mientras crecemos, nos educan parar encontrar, con un poco de suerte, un buen puesto en nuestra sociedad: nos volvemos pragmáticos y “comemos del árbol del conocimiento de la ciencia del bien y del mal”. Hay veces que me pregunto si la niñez es la única etapa de nuestra vida que merece la pena y de esa etapa sólo queda el recuerdo nostálgico de ese niño que fuimos. ¿Y por qué ese recuerdo es nostálgico? Tal vez porque en el fondo sentimos que nuestro presente es el resultado de nuestra traición al niño y a sus valores, que era débil, frágil porque estaba en constante proceso de aprendizaje para situarse en el mundo a través de esa inocencia e ingenuidad que añoramos ahora pero a la que renunciamos en aras de esa suspicacia en la que se amparan nuestra inteligencia y nuestra razón, a las que debemos el resultado de lo que somos ahora.

Jesús puso al niño de pie en medio de nosotros. Otra vez el gesto ya frecuente suyo de poner en el centro a alguien para hacernos ver lo que es verdaderamente importante y que debe ser el centro de nuestras vidas. En esta ocasión, el centro lo ocupaba aquél crio, y nos dijo:

—¿Creéis que este niño discutiría por los motivos por los que vosotros lo hacíais? Os lo digo muy en serio: el que no se haga pequeño como este niño, no es que será el último en el Reino del Padre, sino que ni tan siquiera entrará en él. Éste pequeño es el primero en el Reino: el que sea como este chiquillo, ese será el más grande en el Reino. (Mt 18, 1-6) (Mc 9,33-37) (Lc 9,46-48)

Y continuó cogiendo al crio para sentarlo sobre una de sus rodillas. Le miraba sin pestañear, sin perderse detalle. Por eso Jesús nos dijo mirando al niño:

—Daos cuenta con qué atención me observa: por su mirada cualquiera diría que cree en mí y en lo que digo, más y mejor que todos vosotros. Por supuesto que no puede comprender lo que estoy diciendo, pero sabe reconocer que hay algo especial porque es un alma pura. Por eso os digo que, todo el que le dé tan sólo un vaso de agua fresca a uno de estos pequeños que son mis discípulos preferidos, no se quedará sin recompensa. (Mt 10, 40-42) (Mc 9 41)

El niño sonrió. Jesús le devolvió la sonrisa con un beso en la mejilla, y dirigiéndonos de nuevo a nosotros, prosiguió:

—El que acoge a un niño como este, me recibe a mí y el que me recibe a mí, recibe a quien me ha enviado; pero el que escandalice a uno de estos pequeños y atente contra su infancia y perturbe su inocencia, más le valdría que le atasen del cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y lo arrojasen al mar para que se hundiera hasta lo más profundo; porque no hay pecado más grave que ese. Hay que cuidar de la felicidad de los niños que juegan hoy en estas calles, porque ellos serán los hombres de mañana. Es inevitable que se produzcan escándalos, pero hay que ser radical con ellos y cortarlos de raíz, sin contemplaciones. Cuidad de estos pequeños y que nadie les cause ningún daño, porque sus ojos de ángel son los únicos capaces de ver el rostro del Padre en los Cielos. (Mt 18, 5-10) (Mc 9, 37) (Lc 9, 48)

Y dando un abrazo al niño, lo dejó con los pies en el suelo y se fue corriendo como quien ha retenido un pajarillo entre las manos y lo deja marchar volando en libertad. Lo siguió con su mirada hasta que se perdió entre los puestos del mercadillo.

[1] Mi hija Ana dijo a la salida de un teatro de títeres al que la llevamos a los 3 ó 4 años: “no me enterado de nada pero me ha gustado mucho”

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Manu
hace un mes

Lo que más me ha llegado de este fragmento es esa parte donde describes cómo crecemos y nos volvemos pragmáticos porque 'nos educan para encontrar un buen puesto en nuestra sociedad'. Ahí está todo: no perdemos la inocencia por accidente, sino que nos la quitan metódicamente, con buena intención, para que podamos sobrevivir. El problema es que en ese proceso también perdemos la capacidad de asombrarnos, de acercarnos a lo que no entendemos sin rechazarlo.

Me quedo con esa imagen del niño que 'no se ha enterado de nada pero le ha gustado mucho'. Eso es exactamente lo que el adulto ya no puede hacer: disfrutar sin comprender. Necesitamos justificarlo todo, rentabilizarlo todo. Y claro, con esa actitud no se puede entrar en ningún Reino, ni en el de los Cielos ni en el de las cosas que de verdad importan.

La pregunta incómoda que me deja el texto es si hay alguna forma de recuperar algo de ese niño sin renunciar al mundo en el que tenemos que vivir. No sé si Jesús tenía respuesta para eso.

kkkk
hace 2 meses

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