
Para los judíos la Palabra, las Escrituras, la Torá, era Dios mismo. La Palabra se hace hombre en Jesús, y Jesús dota de un significado distinto a esa Palabra. Te invito a reflexionar sobre esta versión del prólogo del Evangelio de Juan.
Al principio de los tiempos sólo existía Dios y su Palabra. No existía nada más.
La Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios mismo.
Como toda palabra, la Palabra tenía un significado, y ese significado le costó a Dios toda una eternidad descifrar. La Palabra resultó ser un verbo. Se trataba del verbo “Amar”, y Dios lo conjugó en todas las personas y tiempos verbales.
Como todo verbo, el verbo “Amar” expresa acción, y entonces Dios actuó y se expresó: todo se creó por la Palabra, sin ella no se hizo nada de lo hecho. Todo se hizo por Amor y el Amor fue el origen de todo lo creado. El Amor contenía vida y la vida se coló hasta el último resquicio de la creación poblándolo todo. La vida era luz para los hombres. Y esa luz brilló siempre constante y sin cesar abriéndose paso entre las tinieblas.
Vivió un profeta llamado Juan. Juan era reflejo de la luz, pero no era la luz. La luz verdadera, la que alumbra a todo hombre, estaba a punto de llegar a este mundo.
La luz de la Palabra “Amor” siempre estuvo en el mundo, y aunque el mundo se hizo mediante ella, el mundo no la reconoció. Cada mañana entraba por las ventanas de las casas de todos sus habitantes y muy pocos se dieron cuenta de su significado, pero los que fueron conscientes de ese sencillo acontecimiento diario, apreciaron el regalo de saberse Hijos de Dios.
Y por fin la Palabra “Amor” se hizo hombre en Jesús: construyó su casa entre las nuestras y convivió con nosotros en nuestra aldea. Los que abrimos los ojos tuvimos la oportunidad de contemplar la luz que irradiaba y su gloria; luz y gloria que recibe de su Padre como Hijo suyo que es. Y brilló con luz propia porque rebosaba amor y verdad.
Si la Ley llegó por medio de Moisés, el Amor de Dios y su compromiso con cada hombre se hicieron realidad en Jesús.
De su luz todos nosotros recibimos, ante todo un amor que responde a su amor. Las maravillas del mundo se manifiestan al hombre gracias a la luz que las convierte en imágenes, y en esa luz que todo lo ilumina, permanece latente la imagen del Creador.
A Dios nadie lo ha visto jamás, porque cuando se manifiesta su imagen queda eclipsada por su luz; pero Jesús, por su sensibilidad y su compromiso con la vida sí que llegó a estar cerca suya, tan cerca de Él que se abrasó; y es Jesús quien lo ha explicado de forma sencilla para que todos los hombres de buena voluntad le conozcamos. (Jn 1, 1-18) (Tm 83)
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Comentarios
Tiempos aquellos en los que la palabra, lo que se llamaba palabra de verdad, tenía más valor que la fuerza bruta. No obstante, la palabra de Juan parece también una invitación a dejar claro que no vamos a guerrear.....de nuevo, quiero decir.